¿¡QUIEN ME MANDARA A MI METERME A CRITICO!?

Como ya les consta a los seguidores más tenaces del blog, uno de mis hábitos de ocio consiste en dejarme caer con cierta frecuencia por las librerías que tengo más a mano para echarles un vistazo por encima a las últimas novedades del mundo editorial.

Y, claro, las hay de por allí ("abroad" que dirían los angloparlantes) y de por aquí. Y de las de por allí apenas casi hablo en estas páginas. Y de las de aquí no comento lo que se dice ni mú. Como no me gusta repartir cera ni, tampoco, contar mentrijillas, obvio resulta que el silencio es la crítica más acertada que me cabe hacerles a unos libros de los que sólo he sido capaz de leerme seguidas las dos o tres primeras páginas y seis o siete párrafos elegidos, luego, a la buena de dios entre las restantes.

Hoy voy a hacer una excepción. Les voy a hablar, digo, hoy, de una recentísima novedad del mercado. Mas... no se pongan cachondos, no se hagan falsas ilusiones, no saliven tampoco ¡cochinos! ya imagino que se imaginan, y no van demasiado desencaminados, que podría llegar a ser muy cruel, francamente sardónico, con los tontos del culo, pero también saben, y les consta, que al asunto no le encuentro demasiado chiste salvo que ellos hayan sido los que han sacudido primero, y en este blog no ha habido ni dios, todavía, que entre a sacudir, por algo será. Que lo tengan en cuenta, entonces, mis estimados, no va producirse aquí ninguna orgía crítica de tinta y bytes con la que dejar hecho unos zorros a algún voluntarioso juntaletras patrio, no; no, hoy por hoy no va a haber víctimas, mi autoproclamado atrevimiento literario de esta mañana no pretende ni mucho menos llegar tan lejos. Aunque...

Que no, que no. Me voy a limitar aquí a exponer mis puntos de vista sobre la reseña de contraportada del libro, sólo sobre su reseña de contraportada. Mas... tranquilos, muchachos, no tienen por que desanimarse, el morbo está, igual, garantizado, ya que se supone que la casa literaria responsable de la edición (y del texto de marras) es lo más de lo más, el copón de los copones que diríamos si deseáramos imitarle a don fray Luis de León, que debe andar ya a estas alturas el monje poeta con el copyright a la virulé. Y lo debe ser, claro que sí, claro que esa editorial tiene que ser el recopetín o por lo menos algo bastante pero bastante sublime, porque para concederle el nihil obstat a la jocunda legenda que algún baranda le ha colocado a la solapilla de la tapa a fin de instruirles a los curiosos de lo que va a cocerse de ahí en adelante dentro del resto de los papeles, hay que ir más sobrao que Dum Dum Pacheco.

Hablamos de una verdadera provocación ágrafa para quienes como, a mi, les guste la literatura y sean capaces de redactar una invitación de boda o la lista de la compra para el caprabo sin incurrir en más de siete errores conceptuales. Les estoy hablando -se lo garantizo- de algo casi, casi, indescriptible. De una conmoción. Y, no obstante... pienso describirlo. Lo que a fin de cuentas se le ha ocurrido plasmar al editor de la obra para tratar de intrigarnos a los paganini, y que se la compremos, dice literalmente así (tal y como también diría un notario previo pago de trescientos euros +IVA; o yo mismo profesionalmente hablando, entiéndase):

"Samuel observa cada día desde su ventana a una mujer que deja a los niños en la parada del autobús escolar. Fascinado por ella, una tarde en la que él está ausente programa su cámara para hacerle varias fotos. Pero, además de las imágenes de la mujer, la cámara capta un hecho inesperado: unos adolescentes provocan al perro de una casa vecina, éste muerde a uno de ellos y lo mata. Samuel prefiere ocultar esas fotos y, sobreponiéndose a su natural timidez, acaba presentándose a la mujer a la que ve cada mañana. Es Marina, hija del comandante Olmedo, un militar estricto y cumplidor de su deber que, al poco, es hallado muerto de un tiro efectuado con su propia pistola. Marina que no acepta la versión oficial del suicidio, contrata a Ricardo Cupido, detective descreído y pacífico que irá descubriendo lo mucho que ocultan las vidas de estos personajes y las densas relaciones que establecen entre sí. Todos tienen razones para ser sospechosos".

Samuel observa cada día desde su ventana. ¿La casa o la oficina o lo que sea de Samuel tiene una única ventana? ¡qué raro! ¿o es su morfología la que dispone de esa higiénica oquedad que tan comúnmente solemos encontrarnos los humanos en edificaciones y vehículos?.

A una mujer que deja a los niños en la parada del autobús escolar. ¡Mentira, podrida!. A quienes deja en la parada la mujer, esa, que Samuel observa, es a unos niños o a sus niños, a los niños -todos los niños que en el mundo son- le va a resultar imposible a la buena señora, por razones que se me antojan evidentes, conducirlos a todos juntitos hasta ninguna parte, ¡ni a Disneyland Paris la nuit, siquiera!.

Fascinado por ella, una tarde en la que él está ausente programa su cámara para hacerle varias fotos. Aquí hay que echarle hilo a la cometa. Una primera incógnita: ¿quién cojones -y perdónenme ustedes por la expresión- es el que está ausente? El (el que mira a la mujer) no puede ser el que está ausente porque precisamente aprovecha la mentada ausencia para programar su cámara. Lo repito, aunque les moleste mi vocabulario soez ¿quién cojones -y si no me perdonan va a darme lo mismo- es el que está ausente?. Una segunda incógnita, trascendental esta vez: ¿cómo coños se programa una cámara de fotos para hacer fotos? o mejor ¿en qué consiste eso de programar una máquina de fotos para hacer fotos?. Ni puta idea. (Ya habrán deducido del uso del vocabulario del que vengo haciendo gala que el tema del post de hoy es un asunto que me enciende bastante).

Pero, además de las imágenes de la mujer, la cámara capta un hecho inesperado: unos adolescentes provocan al perro de una casa vecina, éste muerde a uno de ellos y lo mata. Nos plantea este suculento párrafo otros dos enigmas. Uno, primer enigma: la potestad de las cámaras fotográficas de captar imágenes al margen de cual sea la voluntad de sus operadores. Hasta lo que yo sé, y me consta, cada vez que ido a hacer una foto, la cámara ha enfocado todas las veces a donde a mi me ha parecido bien, pero.... Dos, segundo enigma: versa el mismo sobre un asunto de proporciones: las de la boca del perro y las del adolescente mordido, estas otras en toda su magnitud plena.

Samuel prefiere ocultar esas fotos y, sobreponiéndose a su natural timidez, acaba presentándose a la mujer a la que ve cada mañana. Y mi borrica tenía sabañones. ¿Qué güevos tiene que ver la decisión de Samuel de ocultar las fotos del monstruoperro y el adolescente liliputiense que el chucho se cepilla de un mordiscazo, con los tremendos cojones que el tío le termina echando al asunto de su fascinación, presentándose por fin, así como el que no quiere la cosa, ante la displicente cicerone de manadas de impúberes? ¿Debía acaso Samuel haber exhibido ante su musa con ocasión de ese primer encuentro las sorpresivas instantáneas de la masacre perruna?.

Es Marina, hija del comandante Olmedo, un militar estricto y cumplidor de su deber que, al poco, es hallado muerto de un tiro efectuado con su propia pistola. Aquí hay que señalar que salvo que sea chusquero o pertenezca a la escala de complemento o la hija haya tenido a sus criaturas cuando contaba con once o doce tiernos años de edad, qué van ya solos al cole en autobús, el tal Olmedo podrá cumplir con sus deberes para con la madre patria de putísima madre pero lo que es en el escalafón lleva el tío la carrera del galgo. ¡Qué trabajo le habría costado al autor convertirle al susodicho en coronel o, por lo menos, teniente coronel. Si es gratis y le iba a permitir cuadrar cronologías. ¡Cojoneh, coño, que a estas alturas los comandantes tienen todos ellos ya poco más de cuarenta tacos!. Y luego el topicazo a la hora de revelar en corto y por derecho la personalidad del militar, imagínense que el padre de la musa de nuestro Peeping Tom particular fuese ebanista, alergólogo o -cuál es mi caso- mancebo de óptico. ¿Se nos diría entonces del caballero de marras que muda en fiambre al poco -¿qué querrá decir al poco?- que era un ebanista estricto y cumplidor de su deber o un alergólogo estricto y cumplidor de su deber o un técnico experto en técnicas optimétricas -no voy a ser yo el que vaya a hacerse de menos- estricto y cumplidor de su deber?.

Marina que no acepta la versión oficial del suicidio, contrata a Ricardo Cupido, detective descreído y pacífico No contentos con haberlo utilizado unos instantes antes, el glosador recurre de nuevo al mismo tópico al intentar definir con dos únicas palabras la idiosincrasia del detective. De modo que el llamado Ricardo era descreído y pacífico. ¿Que se imaginan los autores de la reseña, que los detectives privados andan, por ahí por la calle, por todos lados, soltando mamporros a diestro y siniestro?. No, no, Julian, chavalín, que no te enteras, lo que los de la editorial pretenden obtener adjudicándole al poli esos atributos es que nosotros caigamos en la cuenta de que se trata de alguien bien, pero bien, cool. Ninguna novedad. Topicazo -lo he dicho ya- al canto. ¿Existe acaso algún detective privado en toda la historia de la novela negra que no sea descreído?. No creo (je, je...). De lo que sí estoy casi convencido es de que no debe haber habido ninguno que se apellide Cupido. Esto, vamos... ¡ni en la vida real!.

Que irá descubriendo lo mucho que ocultan las vidas de estos personajes y las densas relaciones que establecen entre sí. De entre todas estas las más chungas, sin duda, las surgidas entre el cánido y uno de sus atolondrados instigadores y el militar y su pistola. Aunque me da la impresión aún sin haberme leído la novela -miren si seré perspicaz- que la muerte de este último no tuvo que deberse, al final, a su suicidio.

Todos tienen razones para ser sospechosos. Aquí los de la editorial la cagan definitivamente. Definitivamente. Lo que los estos finísimos estilistas del castellano deben haber pretendido decir con esta frase es: o que todos tienen razones para ser culpables o que existen razones para poder considerárselos a todos sospechosos. Incluso cabría que todos tuvieran razones para querer ser sospechosos. Pero lo que textualmente figura impreso en el libro, lo de que "todos tienen razones para ser sospechosos", no cabe, así, tal y como lo han escrito, en nuestra lengua. Por lo menos, de momento.

Y, ya lo habrán adivinado, la novela no pienso leérmela no vaya a concurrir que haya sido el propio autor del texto fabulado el responsable de la reseña que -sin la menor animosidad en contra- hemos venido comentando hasta ahora. Eso sí, si alguno de ustedes se anima a hacerlo, les confieso que sí que me gustaría conocer su personal opinión sobre la misma. La curiosidad, ya se sabe.

¡Sean buenos!.